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¿Qué patrimonializamos y por qué?
La pregunta en torno al lugar que debe ocupar el patrimonio cultural es un debate que lleva ya más de 100 años y que fue motivo de muchos encuentros internacionales.
María Eugenia Prece
3/1/20263 min read


Hoy venimos a compartirles otra reflexión que nos inspiró una reunión a la que fuimos invitados. Almapiedra tuvo la oportunidad de participar en un debate convocado por el Programa de Patrimonio de la Secretaría de Planeamiento sobre el catálogo de preservación urbanística elaborado en 2008. La reunión buscaba debatir sobre la factibilidad de mantener en el catálogo la cantidad de edificios preservados por ser anteriores a 1930 y la posibilidad de declarar nuevas catalogaciones de arquitectura más contemporánea. Esto nos motivó a preguntarnos: ¿Qué patrimonializamos y por qué?
La pregunta en torno al lugar que debe ocupar el patrimonio cultural es un debate que lleva ya más de 100 años, y que fue motivo de muchos encuentros internacionales que, en un principio, tuvieron sede en el ámbito europeo, pero que luego se ha ido expandiendo hacia otras geografías y cosmovisiones. Es así que, en un primer momento, la idea de preservar se centraba en edificios y bienes singulares de alto valor artístico. Luego, se ha ido expandiendo hacia el edificio y su entorno, dando lugar al concepto de ambiente, ligando el patrimonio cultural al patrimonio natural.
La expansión de este concepto permitió abarcar prácticas sociales de un importante contenido cultural y ritual, que dieron origen al concepto de patrimonio inmaterial. Y ya en los últimos debates, este concepto se extendió hacia una percepción emocional de los espacios, que toma identidad en el “espíritu del lugar” (hermoso concepto que ya hemos abordado).
El dinamismo económico conlleva un crecimiento habitacional para las ciudades, y, en muchos casos, esto implica reemplazar estructuras antiguas (consideradas obsoletas o incapaces de adaptarse a nuevas necesidades) por otras nuevas, consideradas más acordes a la lógica de funcionamiento actual. Sin embargo, desde nuestra práctica restauradora, muchas veces comprobamos que esa sustitución implica perder calidad constructiva, medio ambiental, estética e incluso de vida. No es que creamos que se deba fosilizar el espacio urbano, pero sí creemos que se puede dinamizar económicamente desde la creatividad, la innovación y un trabajo conjunto que implique muchas miradas diversas. El ejemplo lo tenemos en cualquier centro histórico de cualquier ciudad europea, que provee una intensa vida económica y cultural al amparo de su legado histórico. Y entonces, nos preguntamos, ¿por qué Rosario, ciudad universitaria, construye mono ambientes para los estudiantes que vienen de diferentes partes del país, cuando tiene todavía tantas casas antiguas, difíciles de mantener para una sola familia, pero que son ideales para estos nuevos usos, ya que en un comienzo fueron diseñadas para albergar a inmigrantes que venían de todas partes del mundo, y que a partir de estas comunidades construían sus familias y sus vidas?
Hoy en día, las nuevas generaciones ya no aspiran a endeudarse para obtener su casa propia para el resto de su vida, sino que buscan una vida más nómade, más dinámica, abierta a explorar nuevos lugares, dispuesta a compartir y crear redes, con nuevas formas de relacionamiento. Esta generación no tiene problema de compartir espacios para vivir, trabajar y disfrutar (el co-working es un claro ejemplo de esto). Postpandemia, sabemos con claridad que el aislamiento puede resultar muy perjudicial y en un contexto donde el teletrabajo es cada vez más habitual, el encierro en espacios diminutos es algo que todos buscan evitar.
En algunos lugares de Rosario todavía se percibe un ambiente que nos remite a un espíritu surgido de una ciudad de inmigrantes, y que puede ser re-significado hoy en día. Nuestra sociedad, compuesta de redes, puede utilizar su energía creativa para plasmarse sobre la arquitectura de la ciudad, valorando las buenas prácticas constructivas del pasado.
Para cerrar, les compartimos un ejemplo que nos gustaría retomar en nuestra ciudad. Hace unos años tuvimos la oportunidad de conocer el “ENGINE SHED” de la ciudad de Stirling, en Escocia. Allí funciona un centro de oficios y asesoramiento para la conservación del patrimonio arquitectónico escocés, donde asesoran a los propietarios sobre cómo conservar sus casas centenarias y adecuarlas a los nuevos usos, forman profesionales para el diagnóstico y el diseño, y también forman artesanos para conservar las buenas prácticas ancestrales. Les compartimos el link de su página para más detalles www.engineshed.scot y como una gran fuente inspiradora para guiarnos en este constante debate acerca de qué patrimonializamos.
